09.04.10
Santiago Carrillo Solares ha dicho que el PP “puede convertirse en un peligro para la democracia”. Viniendo de él, es el mayor homenaje que reciben los de Rajoy en su peor semana.
Sin cortarse, sin temblarle la voz (en este caso la tecla), Santiago Carrillo cree que “en este país hay un partido, el Partido Popular, que o realiza seria renovación, o debería dejar de ser una alternativa de gobierno, porque un partido que ha llegado al extremo al que ha llegado éste puede convertirse en un peligro para la democracia”. Desde luego, si se trata de la democracia tal como la ha vivido y practicado Carrillo, espero que tenga razón.
El PP es –y si no lo es, debería ser- todo lo contrario de lo que Santiago Carrillo cree o ha creído, vive o ha vivido, hace o ha hecho hacer, Protagonista de la historia de España, Carrillo arrastró al estalinismo a las nada demócratas Juventudes Socialistas, se convirtió en agente chequista durante la guerra civil, en promotor de purgas y de asesinatos sin distinguir izquierdas o derechas; rompió con los socialistas más honestos, incluyendo a Julián Besteiro y a su propio padre, Wenceslao Carrillo, y ofreció como alternativa al franquismo un régimen de tipo soviético. Para ello, jamás para traer una democracia, fomentó el terrorismo y la guerrilla (nunca se ha avergonzado de ello), sin jamás dar la cara ni jugarse la vida. Sobrevivió a todos los vaivenes de la URSS por el cómodo procedimiento de estar siempre con los vencedores, y en la llamada Transición consiguió convencer a no pocos de que él y el marqués Berlinguer eran, a fuer de eurocomunistas, demócratas. Nada menos.
Si Carrillo ha sido un demócrata o no habría que preguntárselo a algunos de los “viejos camaradas” a los que no cita, por ejemplo a Enrique Líster o a Valentín González (“El Campesino”). Ellos preferían llamarlo traidor, asesino cobarde, según los momentos. Nunca demócrata. Otras opiniones que ni su libro recoge ni ahora pueden consultarse son las de sus víctimas. Las de Para cuellos, por supuesto, donde murieron mezclados demócratas y anti demócratas, pero también otras más olvidadas, como los compañeros asesinados a los que recuerda Pedro Fernández Barbadillo. ¿Dónde está Andrés Nin, don Santiago? Sabemos que ni en Salamanca ni en Berlín, porque sus tumba anónima, don Santiago?
Santiago Carrillo es un viejo criminal de guerra, terrorista y asesino totalitario. Las sucesivas leyes franquistas y finalmente la Ley de Amnistía de 1977 han hecho que sus mayores contribuciones a la historia nacional tengan que permanecer impunes. A diferencia de él creo que es una buena cosa, porque remover los pozos del pasado solo produce algo que a Carrillo parece gustar; mal olor. Aunque algo va mal si un personaje semejante se considera autorizado a romper (otra vez) las reglas de la convivencia.
Las buenas noticias son dos. La primera, que el nonagenario Carrillo ya no está en condiciones de hacer más daño a España, salvo quizás, y poco con la lengua y con la pluma. La segunda, que se considera en las antípodas del PP; y esto es una magnífica noticia para todos los que queremos un PP alternativo a la corrección política imperante en la España de Zapatero. Para todo lo demás, lean ustedes el libro de José Javier Esparza, y sabrán qué tipo de democracia añora el compañero Carrillo.
(C.S.D.S.C.)
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